Se enredaron, esculpiendo palabras que inventaban nuevas métricas acompasadas al ritmo de una pasión que surgía, entre ritmas asonantes e imágenes encriptadas. Era quizá ese tiempo en que ambos estaban ya cansados, la edad indefinida en la que el presente es la repetición del cada día, en donde las obligaciones son las que dibujan los nuevos días.
Allí fusionando palabras e imágenes se encontraron y consintieron en la entrega. Renegaron del mundo y su realidad razonada, de las verdades adquiridas en discursos reiterados y de cualquier versión que desdibujara un ápice la historia creada. Ellos se reinventaron en dicciones y puntos suspensivos.
Cada noche afilaban las letras que descomponían silenciosamente a golpe del teclado. Aspirando los suspiros que exhalaba su nuevo lenguaje, echaron al vuelo. Ella perlada en su mundo mágico de poesía lujuriosa reiterada.Él arrastrando fotos, dibujando nuevas imágenes cinceladas en fotografías viejas y videos descompuestos por un móvil 3G.
Torturados por el plasma en las que no permitía el contacto, ni el aroma cromático de sus pestañas azuladas, se descomponían inventando en cada nota una nueva manera de decir te quiero. Y eso era todo, o casi todo o casi nada. Porque su piel no reconocía otros olores que los viejos. Los mismos pasos, las mismas fotos, la misma mesa de teka donde él se sienta a cenar acompañado, la cocina amarilla dónde ella inventa una nueva receta de un pastel de cumpleaños. Esperan con miedo, con las mudas limpias, las maletas hechas el día azul o negro.
Las hojas sin embargo seguían cayendo, amontonadas en los capós de coches olvidados contaban el tiempo. Los nuevos colores tamizaban el hambre insatisfecha, el reclamo de las letras, y el anhelo al que se agarran ingrávidas promesas susurradas bajo el teclado
Hicieron cuatro planes de vuelo, pero estáticos descomponían las horas y los días en aviones que nunca tomarían. Quizá no importaba, era suficiente la pantalla empañada de madrugada, cuando sabiéndose desahuciados jadeaban con la imagen de su mano rompiendo el pezón izquierdo, la boca hambrienta que mostraba la lengua y lamía el muslo, el placer que tiritaba ante la golosa mirada que se exigía oler su coño. Los píxeles de madrugada vomitaban los suspiros en un orgasmo ingrávido y completo. Ella imaginaba un hombre que no existía, y él se rehacía de su aburrimiento que le espoleaba cada tres meses en buscar nuevos motivos. Quizá fuera amor después de todo. Y además tampoco importaba.
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