viernes, 21 de agosto de 2015

Te odio y te quiero

Lo vomité todo. El pastel de mis treinta y siete cumpleaños, la paella ciega de carne y marisco de can juanito, el vino amarillento verdejo con aroma a piña, el reloj que me regalaste por mi cumpleaños, el chop suey de pollo con garbanzos que te hice en casa una noche que llovía de los restos de mi nevera inerte. Todo iba saliendo de mi boca a cachos troceados y con el tufo que hace todas esas palabras que se esconden demasiado tiempo y se han descompuesto en rencor y podrido en amargura. Así salieron todas esa mañana a borbotones, mientras tus ojos se abrían asombrados ante mi retahíla de palabras que atravesaban tu cáscara sin que me importara un bledo si te dolían. Mi madre siempre me dice que todo se pega menos la hermosura, será quizá por eso.

Y así seguimos dando tumbos tú y yo. Desencantados de nosotros mismos, intentando desanudar este nudo gordiano que nos aprisiona y del que no queremos soltarnos, vamos así lanzando palabras con furia para ver quien es capaz de llegar más lejos y quién cae más bajo. La escala de humillaciones la hemos dilatado tanto que este ring se ha convertido en un formidable estadio olímpico. Y gracias a eso hay que reconocer que nos hemos convertido en consumados atletas de triatlón ante tanto entrenamiento. Más que un terapeuta necesitamos un fisio para que pueda desentumecer todos los músculos que tenemos agarrotados e insensibles de los cañonazos.

Sinceramente habría que repasar nuestra historia. Después de esas mariposas que revoloteaban por debajo del diafragma y que me hicieron adelgazarme siete kilos. Después de nuestras primeras citas en el bar de Carlos, todo fue siempre absolutamente nefasto. Quizá la culpa fue mía por creerme los culebrones de sobremesa de la 1, hastiada de la vida soporífera e indolente que llevaba, vi en ti al galán- jose alberto manuel- de turno, al que despertarías -yo loba dormida - sus instintos más bastos. Soñaba en cabalgarte como un jinete todas las noche, hartarme de tanto sexo indecente, obsceno y guarro. Me llegaste hasta el esternón pasando por la clavícula izquierda, y abriéndome el pecho en dos partes del que me queda una cicatriz larga y abierta que no logra cauterizarse. Y me harté de tanto esperar que despertaras del sopor que te tenían los antidepresivos y de tu manía de joderme mi entusiasmo. Uno mas uno no hacen dos, como dice el poeta. Ya no me quedan nudillos de tanto llamar a tu puerta para pedir una tregua.

Quizá tuviste miedo. Yo loca escalaba los peñascos sin ninguna cuerda donde agarrarme. Así que la caída fue larga y me desmembró todos los huesos del peroné hasta el omoplato. Ya está, se acabó, pensé yo, mil veces yo. Otra vez yo. Ya está se acabó. Pero sólo habíamos conmutado la frustración que llevábamos porque nunca supimos querernos. Así que empezamos esta espiral de agravios que ya nos tiene acostumbrados y que nos ha convertido en enfermos crónicos de espantos. Yonkis con los ojos apagados e incapaces de dejarnos, esperando el próximo chute de adrenalina que saldrá de nuestras bocas. Encadenados y matándonos sutilmente en esta manera deforme e inútil que nadie entiende de decir te quiero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario