Lo vomité
todo. El pastel de mis treinta y siete cumpleaños, la paella ciega de
carne y marisco de can juanito, el vino amarillento verdejo con aroma a piña,
el reloj que me regalaste por mi cumpleaños, el chop suey de pollo con
garbanzos que te hice en casa una noche que llovía de los restos de mi nevera
inerte. Todo iba saliendo de mi boca a cachos troceados y con el tufo que hace
todas esas palabras que se esconden demasiado tiempo y se han descompuesto en
rencor y podrido en amargura. Así salieron todas esa mañana a borbotones,
mientras tus ojos se abrían asombrados ante mi retahíla de palabras que
atravesaban tu cáscara sin que me importara un bledo si te dolían. Mi madre
siempre me dice que todo se pega menos la hermosura, será quizá por
eso.
Y así seguimos dando tumbos
tú y yo. Desencantados de nosotros mismos, intentando desanudar este nudo
gordiano que nos aprisiona y del que no queremos soltarnos, vamos así lanzando
palabras con furia para ver quien es capaz de llegar más lejos y quién cae más
bajo. La escala de humillaciones la hemos dilatado tanto que este ring se ha
convertido en un formidable estadio olímpico. Y gracias a eso hay que reconocer
que nos hemos convertido en consumados atletas de triatlón ante tanto
entrenamiento. Más que un terapeuta necesitamos un fisio para que pueda
desentumecer todos los músculos que tenemos agarrotados e insensibles de los
cañonazos.
Sinceramente habría que
repasar nuestra historia. Después de esas mariposas que revoloteaban por debajo
del diafragma y que me hicieron adelgazarme siete kilos. Después de nuestras
primeras citas en el bar de Carlos, todo fue siempre absolutamente nefasto.
Quizá la culpa fue mía por creerme los culebrones de sobremesa de la 1,
hastiada de la vida soporífera e indolente que llevaba, vi en ti al galán- jose
alberto manuel- de turno, al que despertarías -yo loba dormida - sus instintos
más bastos. Soñaba en cabalgarte como un jinete todas las noche, hartarme de
tanto sexo indecente, obsceno y guarro. Me llegaste hasta el esternón pasando
por la clavícula izquierda, y abriéndome el pecho en dos partes del que me
queda una cicatriz larga y abierta que no logra cauterizarse. Y me harté de
tanto esperar que despertaras del sopor que te tenían los antidepresivos y de
tu manía de joderme mi entusiasmo. Uno mas uno no hacen dos, como dice el
poeta. Ya no me quedan nudillos de tanto llamar a tu puerta para pedir una
tregua.
Quizá tuviste
miedo. Yo loca escalaba los peñascos sin ninguna cuerda donde agarrarme. Así
que la caída fue larga y me desmembró todos los huesos del peroné hasta el
omoplato. Ya está, se acabó, pensé yo, mil veces yo. Otra vez yo. Ya está se
acabó. Pero sólo habíamos conmutado la frustración que llevábamos porque nunca
supimos querernos. Así que empezamos esta espiral de agravios que ya nos tiene
acostumbrados y que nos ha convertido en enfermos crónicos de espantos. Yonkis
con los ojos apagados e incapaces de dejarnos, esperando el próximo chute de
adrenalina que saldrá de nuestras bocas. Encadenados y matándonos sutilmente en
esta manera deforme e inútil que nadie entiende de decir te quiero.


