La tía Trini tiene la mala costumbre de no cerrar la boca
mientras come, pero en casa nadie se atreve a decirle nada. La tía Trini es la
única en la familia que tiene un trabajo honorable como funcionaria de correos
y la única de una familia de ocho hermanos que se sacó el bachiller. Es
soltera, mi madre dice que eso es la demostración última de su grado superior
de inteligencia aunque yo creo que es soltera porque la tía Trini es
inaguantable y más fea que mandar a la abuela a por
droga.
Mi
madre se irrita con suma facilidad cuando escucha cualquier comentario peyorativo
a la figura excelentísima de su hermana mayor, y cualquier alusión que ella
crea que no guarda el debido respeto a su hermana por parte de su marido, se
monta instantáneamente una barahúnda en dónde mi madre acalorada y fiel
defensora de su genética, siempre tiene la última palabra vencedora.-Ella si
que vale, no como tú que no tienes un trabajo decente todavía Paco.- A lo que
mi padre actualmente soldador "con dificultades" no puede
replicar.
Cada tres meses aparece un domingo a comer con la misma marca de
bombones del Carrefour y en mi casa se organiza el mismo camelo hacia esa
figura atormentada con odio manifiesto hacia toda la humanidad que incluye a mi
hermano Juan, a mi padre y a mí. Mi madre no se desanima nunca hacia las
continuas muecas y desaires que nos hace la tía Trini, que si estamos demasiado
gordos, que si mi padre -Ya te lo dije Carmen- no vale para nada, mientras
mi madre la escucha embelesada dándole la razón en todo lo que esa mujer
de inteligencia singular y mundología le recrimina, mientras el resto de la
familia se dedica a zamparse los bombones de dos en dos con la finalidad
inconsciente que la visita termine lo más pronto
posible.
Mi
madre siempre prepara el mismo menú, caracoles, que mi tía Trini
dice que es el mejor plato que mi madre cocina mientras habla sin parar durante
toda la comida. Mi hermano Juan y yo nos sentamos en frente de ella en la
mesa. Yo siempre he procurado no mirar nunca como la tía Trini come con una
ansia devoradora y con la boca abierta esos moluscos gasterópodos, pero
ese día miré. Mi tía Trini había cogido un invertebrado de gran tamaño,
tenía la mirada codiciosa y una babilla de color marrón le caía por
la comisura de la boca. Sacó con la pinza el caracol de su concha y abriendo el
paladar aplastó el molusco con tan gran afán que parte de su
jugos me salpicaron en el ojo izquierdo. Yo no pude seguir comiendo los
caracoles totalmente paralizada, mirando aturdida esa boca que se abría y
cerraba troceando y despedazando a la víctima, que desapareció en la boca
golosa de mi tía Trini. Acabado el difunto mi tía alzó la concha y la
acercó a la boca, transformada ahora en un potente aspirador, y comenzó a
succionar con tan fuerte ímpetu y brío, que produjo un ruido perturbador
semejante al que engendra un grillo atormentado. Creo que me puse más
verde que Fiona y desde ese día no he podido jamás volver a comer caracoles o
cualquier tipo de carne...;
- Vale vale, ya lo he entendido. Vamos al
Japonés a cenar.
-Pues vale

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