jueves, 20 de agosto de 2015

Largo camino a Itaca

Harta estoy de ver cómo me ahogo, y me pregunto cuándo terminará este animal herido de dar patadas, arrastrada por la rabia del desengaño, que tú o yo pintábamos día a día, cuando el ocaso llegaba sin ninguna premura y sin tardanza a nuestra cama . O acaso fui sólo yo, y esta larga cicatriz que recorre hoy mi rostro, es la misma cara que puncé con el cuchillo,  por obstinarme en estas ruinas que se ha convertido una historia, en la que nunca hubo ningún cimiento. O quizá es lo que soy, un animal perpetuo, provocado por esta droga que es sentir, que araña el corazón y revive el pensarte tanto y anhelar tenerte a pesar de que ya no te quiero, que se retuerce en la dicotomía que existe entre el olvido terminante y la necesidad de verte. Este animal obstinado que se arrastra en un ayer maldito que nunca existió, porque disfruta y se recrea en empaparse de este fango.

Pero es que en estos días perlados de otoño, me recome el silencio que se apodera de las cortinas y de la luz de la mañana en esta habitación cargada de nicotina, mientras fuera el viento azota y desmiembra sin  piedad la persiana de mi cuarto. El ayer se revuelve y explota bajo el humo blanco que exhala mi pecho y me mata, como ese recuerdo de esos días somnolientos, dónde los cigarrillos y colillas nos recordaban el paso del tiempo y contaban las horas, mientras tú y yo nos acurrucábamos bajo el edredón en la que nos entregábamos por fin, lejos de esos trajes decadentes y asfixiados que llevábamos, tú por no darte y yo por no irme. Me pierde el recuerdo de la cadencia animal de tu voz, de tus largos dedos de sal, de tus manos que dibujaban en servilletas roídas nuevas cadenas a las que me ataba el magnetismo de tu ser. Las discusiones sobre Kant, palabras para sembrar la duda sobre la vía hacia el olvido que demostraba tu inmenso ego y tu enorme egoísmo.

Pero el camino sólo había una única salida, la que me señalabas siempre, sin mentirme. Y con una patada me dejaste en este lodo sin ninguna posibilidad de aferrarme a ningún recuerdo,  recuerdos que te empeñaste en destruir a base de decepciones continuas, para que no te impidieran la huida. Y me quedé en los huesos y me explotaron las vísceras de tanta angustia, melancolía y dolor que tomó tu ausencia, aferrada a un quebranto injusto para salvar mi ego. Y se me fue la risa, las ganas de comer y de dormir envuelta en lexatines mirando el despertar de las madrugadas de un final esperado.
Pero poco a poco, me cansé de llorarte y la angustia que me ahogaba los pulmones y  enmarañaba mi conciencia, se fue disipando a base  decepciones, cuando me mostrabas impúdicamente y sin ningún complejo la indiferencia de tu alma. Decidí que no soportaba las amargas migajas que me prestabas un miércoles por la tarde, cuándo me utilizabas para intentar reconstruirte en otra historia  con poco sentido. Y me rebelé con esta debilidad que me roe y enternece cuando veo el miopismo de tus palabras. Reconstruí mi barco y me convertí en sirena, en odine, mientras ataba a la mayor sin saberlo, un náufrago que esperaba sin descanso, un nuevo guiño de mis ojos. Acuartelé la vela, adujé los cabos y esperé al viento. Tuve miedo lo reconozco, ya que me sellaste en un hueco un poco de tu alma. Esa coraza de hielo que rodea mi garganta, y ese sentimiento de querer sentirme viva.


Reconozco ahora que eras parte del camino de esta larga travesía a Itaca. En este silencio cobarde o inteligente que me refugio izo al fin las velas. No eres tú el culpable de mi infierno. Polifemo en otra isla espera.

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