Harta estoy de ver cómo me ahogo, y me pregunto cuándo
terminará este animal herido de dar patadas, arrastrada por la rabia del
desengaño, que tú o yo pintábamos día a día, cuando el ocaso llegaba sin
ninguna premura y sin tardanza a nuestra cama . O acaso fui sólo yo, y esta
larga cicatriz que recorre hoy mi rostro, es la misma cara que puncé con el
cuchillo, por obstinarme en estas ruinas que se ha convertido una
historia, en la que nunca hubo ningún cimiento. O quizá es lo que soy, un
animal perpetuo, provocado por esta droga que es sentir, que araña el corazón y
revive el pensarte tanto y anhelar tenerte a pesar de que ya no te quiero, que
se retuerce en la dicotomía que existe entre el olvido terminante y la
necesidad de verte. Este animal obstinado que se arrastra en un ayer maldito
que nunca existió, porque disfruta y se recrea en empaparse de este fango.
Pero es que en estos días perlados de otoño, me recome el
silencio que se apodera de las cortinas y de la luz de la mañana en esta
habitación cargada de nicotina, mientras fuera el viento azota y desmiembra
sin piedad la persiana de mi cuarto. El ayer se revuelve y explota bajo
el humo blanco que exhala mi pecho y me mata, como ese recuerdo de esos días
somnolientos, dónde los cigarrillos y colillas nos recordaban el paso del
tiempo y contaban las horas, mientras tú y yo nos acurrucábamos bajo el edredón
en la que nos entregábamos por fin, lejos de esos trajes decadentes y
asfixiados que llevábamos, tú por no darte y yo por no irme. Me pierde el
recuerdo de la cadencia animal de tu voz, de tus largos dedos de sal, de tus
manos que dibujaban en servilletas roídas nuevas cadenas a las que me ataba el
magnetismo de tu ser. Las discusiones sobre Kant, palabras para sembrar la duda
sobre la vía hacia el olvido que demostraba tu inmenso ego y tu
enorme egoísmo.
Pero el camino sólo había una única salida, la que me
señalabas siempre, sin mentirme. Y con una patada me dejaste en este lodo sin
ninguna posibilidad de aferrarme a ningún recuerdo, recuerdos que te
empeñaste en destruir a base de decepciones continuas, para que no te impidieran
la huida. Y me quedé en los huesos y me explotaron las vísceras de tanta angustia,
melancolía y dolor que tomó tu ausencia, aferrada a un quebranto injusto para
salvar mi ego. Y se me fue la risa, las ganas de comer y de dormir envuelta en
lexatines mirando el despertar de las madrugadas de un final esperado.
Pero poco a poco, me cansé de llorarte y la angustia que me
ahogaba los pulmones y enmarañaba mi conciencia, se fue disipando a
base decepciones, cuando me mostrabas impúdicamente y sin ningún
complejo la indiferencia de tu alma. Decidí que no soportaba las amargas
migajas que me prestabas un miércoles por la tarde, cuándo me utilizabas para
intentar reconstruirte en otra historia con poco sentido. Y me
rebelé con esta debilidad que me roe y enternece cuando veo el miopismo de tus
palabras. Reconstruí mi barco y me convertí en sirena, en odine, mientras ataba
a la mayor sin saberlo, un náufrago que esperaba sin descanso, un nuevo guiño
de mis ojos. Acuartelé la vela, adujé los cabos y esperé al viento. Tuve miedo
lo reconozco, ya que me sellaste en un hueco un poco de tu alma. Esa coraza de
hielo que rodea mi garganta, y ese sentimiento de querer sentirme viva.
Reconozco ahora que eras parte del camino de esta larga travesía
a Itaca. En este silencio cobarde o inteligente que me refugio izo al fin las
velas. No eres tú el culpable de mi infierno. Polifemo en otra isla espera.
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