jueves, 20 de agosto de 2015

Seductor del Infierno



Hacía casi un año que no sabía de él, me sorprendió su llamada esa misma mañana, así como su urgencia para vernos ese mismo día, como si de pronto, se hubiese percatado que seguía respirando y que seguíamos compartiendo las mismas calles y el mismo cielo.
Me había preparado para este encuentro, sabía que antes o más tarde llegaría porque la vida como decían los griegos es sólo un circulo, una esfera perfecta en la que el tiempo se desplaza para retornar, hasta cerrarlo. Y el nuestro no estaba cerrado. Lo sabíamos los dos. La ley electromagnética, la ley de la gravedad no perdonan, y nosotros éramos unos iones cargados con cargas opuestas, buscando adaptarse en un mismo plasma indistinto.
Y éramos ajenos, intentaba como siempre seducirme, con esa verborrea cuidada y esmerada, haciendo las preguntas correctas, los silencios correctos, la sonrisa correcta.  Sonriendo siempre sonriendo. Como si con aquella sonrisa pretendiera borrar la pasividad  de sus silencios durante un año, su completa indiferencia. Calentar así  ese aire gélido y gris que envolvía nuestro encuentro, y obtener una sonrisa de mis labios para apaciguar su conciencia de perro maleado. Yo le observaba, valorando ese instante y sus esfuerzos para lograr que ese encuentro acabara por fin en unas tablas, a pesar que estaba sin reina y sin caballo. El  embestía reescribiendo nuestra historia mientras yo me sonreía a sus balbucientes cornadas  de realidades inventadas. Y mi silencio parecía avivarle la llama de la esperanza de la posibilidad remota de que al fin todo estuviera olvidado.

Pero mi piel ya no aceptaba nuevas cicatrices, que el halo negro de su persona exhalaba bajo esa sonrisa perfecta  y pretendida en esa tarima en la que se paseaba director  de una obra sin actores,  mientras los tramoyistas recogían del suelo los guiones inservibles de una función demasiadas veces repetida. 


Otra vez la decepción me llegaba a bocanadas de arenilla ardiente que vomitaba  esa boca sin memoria, envuelta en aire gélido de ese bar sin alma en el centro de una medianera sin sentido. Y dentro de mí una voz se derramaba furiosa  por estar sentada  silenciada ante ese perro sin principios. Me aburría su historia, la de siempre, su intento infantil de seducción, de su novela gastada. Me levanté esgrimiendo cualquier escusa colapsada por el frío que despedían sus huesos y su boca, quería huir. Nada había cambiado. El mismo perro sin alma y sin dueño. El mismo infierno de siempre. Me despedí con una mueca que se asemejaba a una sonrisa y una frase intencionada. -Ya nos veremos-( seductor del infierno).

No hay comentarios:

Publicar un comentario