He pasado dos veces delante de su local haciéndome la despistada. Sé que me observa, nos hemos cruzado las miradas y he advertido que me sonreía con cierta sorna.
Creo que sabe perfectamente por qué estoy por aquí, aunque me haga la despistada. Juega sucio, no hay nada más barato en tres kilometros a la redonda y lo sabe.
Me he dirigido casi vencida al parque y me he sentado en el único banco disponible, el resto están ocupados por los orondos jubilados de siempre con sus enormes barrigas cerveceras que me miran descaradamente. Intuyo que todos están esperando a que entre. Ya he entendido porqué está libre este banco, se me acaba de pegar un chicle en los pantalones vaquero pitillo que me compré la semana pasada y que no me dejan respirar. Lo de la moda está enrevesado para las cuarentonas, divorciadas y en paro, pero mi amiga Cris dice que no debo desesperar.
Tengo que decidirme, pero es complicado, los jubilados me sonríen, percibo que todo el mundo sabe porqué estoy sentada en este banco cariado. Esto es una conchabación del barrio contra mi. Devuelvo la sonrisa algo forzada amagando algo de rabia. Ser o no ser, entrar o no entrar ,ese es el maldito dilema. Cada vez me juro que no voy a volver, pero siempre acabo sentada en el mismo banco del mismo parque de protección oficial, con los mismos jubilados que me sonríen provocativamente.
Vuelvo a mirar hacia el local. La chica está en la puerta. Me está esperando . Me levanto vencida y mis pies se dirigen automáticamente. Es una fuerza extraña que no puedo controlar. Los jubilados me ven levantarme y empiezan a murmurar cuando paso por delante de ellos. De soslayo me parece percibir que el más gordo le acaba de pasar al de su derecha cinco euros.
La chica me abre la puerta con una sonrisa vencedora. Lleva la misma bata negra con manchas blancas que me horroriza.
.¿Lo de siempre no? me pregunta con retintín. Yo cabizbaja asiento.

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