domingo, 16 de octubre de 2011
La calle de la Rosa
Yo quiero vivir en la calle de la Rosa, allí en los balcones siempre florecen geranios y petunias, gardenias y corales que huelen a fresa incluso en las frías mañanas de febrero. En la calle de la Rosa todos se respetan y toleran nadie se sorprende que Arturo el enfermero del cuarto del número nueve le haya nacido una rosa en el antebrazo, o que Miquel el pintor haya decidido súbitamente darse de baja del blanco.
Los portales siempre están abiertos. Los vecinos se reúnen bajo las azoteas y debajo de la escalera de caracol de mármol blanco los del número siete todas las mañanas dibujan nuevas historias y las viejas con sus alfileres y abrazos remiendan antiguas y doloridas conciencias. Las mañanas siempre son azules. Los vecinos regalan sonrisas y ternura todas las mañanas, todos se conocen por sus nombres y saben de los secretos que guardan cada uno en el fondo de su alma. Cuando cae el sol encienden las luces de las habitaciones para evitar que se extravíen los sueños y en la noche de san Juan, hacen una gran hoguera en el mismo patio blanco. Allí a las doce en punto todos se reúnen y echan a las brasas sus abatimientos, amarguras y desconsuelos y bailan y bailan, y cantan y cantan hasta que el olvido, el regocijo y la alegría se hacen dueñas de nuevo .
Yo vivo en la calle Melancolía, en el número siete igual que Sabina, ya hace tiempo que me quiero mudar a la calle de la Rosa, a la calle de la Rosa, a la calle de la Rosa...
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