domingo, 16 de octubre de 2011
Sábado
Últimamente los días se han vuelto inevitablemente pesados. Los días apenas se sostienen sino porque el sol se vislumbra por las mañanas señalando los nuevos días, las mismas obligaciones. El tiempo se quiebra en ese espacio que resta como error involuntario de la rutina de siempre. Quizá es el peso del tiempo que lentamente hace de la memoria el olvido y ya no te acuerdas si es lunes o sábado mientras te admira la fragilidad de la memoria y de las imágenes que se disuelven en la ausencia. Y piensas que tampoco es tan importante mientras ayudas a hacer los deberes de tus hijas y te preparas un café en una mañana plateada.
Alrededor todo se quiebra y sabes que su quiebra era inevitable porque hace tiempo que lo esperabas y lo intuías y te sorprende la ausencia del dolor, porque ya no te duele. Tu corazón se ha convertido en piedra mientras afuera los antiguos recuerdos te reclaman a gritos su vuelta, pero están desgastados, como los colores que se desvanecen de tu ropa cuando cae el sol en la noche.
Y ya no te engañas más, has cerrado la puerta a esos recuerdos y sentimientos del pasado, has formateado en tu ordenador las imágenes y has depurado todas las palabras. Porque ya no te crees sus promesas de amistad vacías, porque la realidad es que aunque estés hecha polvo, no cabes en sus planes si es un sábado. Y lentamente pero inexorablemente la realidad te asalta y al fin los ves como la vez primera, cuando no tenías aún ese sentimiento y te alegras de no saber si es sábado o no y que los días sean monótonos y que apenas se aguanten porque el silencio ya no te perturba y sabes que por ahora se ha vuelto irrevocable.
Te tomas el café lentamente, reconociendo el lugar que te acompaña, la mesa, las sillas y las flores del papel pintadas en un vaso. Te llega el aroma del café de tu mano y te das cuenta que que nada grave está pasando. Hoy no es sábado, y todo sigue su paso, mientras madura el olvido no te vas a detener a contar los días o las horas. Lo bueno a pesar de todo siempre perdura, te lo llevas contigo. La luz abanica tu mirada mientras contemplas la mañana que despierta. La sabes hermosa. Suena el móvil y sonríes al reconocer la llamada. Dejas la taza en la mesa. Nuevas puertas se abren y ya no te pesan.
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