Hacía casi un año que no sabía de él, me sorprendió su
llamada esa misma mañana, así como su urgencia para vernos ese mismo día, como
si de pronto, se hubiese percatado que seguía respirando y que seguíamos
compartiendo las mismas calles y el mismo cielo.
Me había preparado para este encuentro, sabía que antes o más tarde llegaría porque la vida como decían los griegos es sólo un circulo, una esfera perfecta en la que el tiempo se desplaza para retornar, hasta cerrarlo. Y el nuestro no estaba cerrado. Lo sabíamos los dos. La ley electromagnética, la ley de la gravedad no perdonan, y nosotros éramos unos iones cargados con cargas opuestas, buscando adaptarse en un mismo plasma indistinto.
Me había preparado para este encuentro, sabía que antes o más tarde llegaría porque la vida como decían los griegos es sólo un circulo, una esfera perfecta en la que el tiempo se desplaza para retornar, hasta cerrarlo. Y el nuestro no estaba cerrado. Lo sabíamos los dos. La ley electromagnética, la ley de la gravedad no perdonan, y nosotros éramos unos iones cargados con cargas opuestas, buscando adaptarse en un mismo plasma indistinto.
Y éramos ajenos, intentaba como siempre seducirme, con esa
verborrea cuidada y esmerada, haciendo las preguntas correctas, los silencios
correctos, la sonrisa correcta. Sonriendo siempre sonriendo. Como si con
aquella sonrisa pretendiera borrar la pasividad de sus silencios durante
un año, su completa indiferencia. Calentar así ese aire gélido y gris que
envolvía nuestro encuentro, y obtener una sonrisa de mis labios para apaciguar su
conciencia de perro maleado. Yo le observaba, valorando ese instante y sus
esfuerzos para lograr que ese encuentro acabara por fin en unas tablas, a pesar
que estaba sin reina y sin caballo. El embestía reescribiendo nuestra
historia mientras yo me sonreía a sus balbucientes cornadas de realidades
inventadas. Y mi silencio parecía avivarle la llama de la esperanza de la
posibilidad remota de que al fin todo estuviera olvidado.
Pero mi piel ya no aceptaba nuevas cicatrices, que el halo negro de su persona exhalaba bajo esa sonrisa perfecta y pretendida en esa tarima en la que se paseaba director de una obra sin actores, mientras los tramoyistas recogían del suelo los guiones inservibles de una función demasiadas veces repetida.
Pero mi piel ya no aceptaba nuevas cicatrices, que el halo negro de su persona exhalaba bajo esa sonrisa perfecta y pretendida en esa tarima en la que se paseaba director de una obra sin actores, mientras los tramoyistas recogían del suelo los guiones inservibles de una función demasiadas veces repetida.
Otra vez la decepción me llegaba a bocanadas de arenilla
ardiente que vomitaba esa boca sin memoria, envuelta en aire gélido de
ese bar sin alma en el centro de una medianera sin sentido. Y dentro de mí una
voz se derramaba furiosa por estar sentada silenciada ante ese
perro sin principios. Me aburría su historia, la de siempre, su intento
infantil de seducción, de su novela gastada. Me levanté esgrimiendo cualquier
escusa colapsada por el frío que despedían sus huesos y su boca, quería huir.
Nada había cambiado. El mismo perro sin alma y sin dueño. El mismo infierno de
siempre. Me despedí con una mueca que se asemejaba a una sonrisa y una frase
intencionada. -Ya nos veremos-( seductor del infierno).


